Os cuento un poco. La verdad es que nunca pensé que llegaría un día en el que lo cambiaría todo. Durante años viví con esa sensación de que mi vida estaba estancada. Del trabajo a casa, de casa al trabajo. Mirando siempre el reloj, sin tiempo para mí. Yo vivía en Valladolid y la verdad es que el clima no ayudaba. Por eso, en una visita al médico ellos fuero claros: necesitaba un entorno mejor, con más luz y con más tranquilidad.
Fue entonces cuando Alicante apareció en el mapa como algo más que un destino bonito. Se convirtió en una posibilidad real de empezar de nuevo. Era un lugar que conocía de las vacaciones con mis padres y al final, creo que eso era como una señal. Mis padres ya no estaban conmigo, pero creo que también era una manera de homenaje.
He de reconocer que tomar la decisión no fue fácil. Dejar atrás amigos, costumbres y una ciudad entera pesa más de lo que uno imagina. Pero también sentía que, si no lo hacía, seguiría sin ser feliz, me seguiría faltando algo. Por suerte, tenía una ventaja importante, un trabajo estable. Y es que tengo claro que muchas veces no damos este paso por esta falta de estabilidad.
Así que solicité un traslado interno en la empresa y, tras varios meses de espera, me lo concedieron. Ese fue el empujón definitivo. Ya no había excusas y comenzaba una nueva vida, de esos cambios de 180 grados, no confundir con los de 360 grados, que con esos te quedas igual.
Aire fresco
Recuerdo que cuando llegué a Alicante era una mañana luminosa. Me puedo poner un poco ñoño, pero es cierto que el aire era distinto, más suave y todo esto con un sol radiante. Desde el primer momento noté que respirar allí era más fácil, en todos los sentidos. YO había tenido problemas con el covid y aquí la respiración era diferente. Soy de esos que pertenezco al grupo de los que tenemos covid persistente, que nadie nos hace caso, pero que las pasamos canutas desde esa maldita pandemia.
Pero bueno, seguimos con mi historia en Alicante. Al principio alquilé un pequeño piso, pero pronto supe que quería quedarme. Ya sabía yo que comenzaba mi nueva vida.
Con el trabajo asentado y la salud mejorando poco a poco, tomé otra decisión importante: comprar una casa. Quería un lugar propio, pensado para mí, donde sentirme realmente en casa. Encontré una vivienda que tenía mucho potencial, aunque necesitaba personalidad. Sabía lo que quería sentir allí, pero no cómo conseguirlo, así que decidí pedir ayuda profesional.
Una nueva casa
Así fue como conocí al diseñador de interiores Sergio Nisticó. Desde el primer encuentro entendió perfectamente lo que necesitaba. No se trataba solo de decorar, sino de crear un espacio que acompañara mi nueva etapa vital. Su estudio de interiorismo me acompañó en todo el proceso de decoración de la vivienda. Primero me asesoraron en la elección de muebles, colores, tejidos y otros elementos decorativos, siempre teniendo en cuenta la luz de Alicante y mi necesidad de confort.
Me entregaron un proyecto completo y un presupuesto detallado y definitivo, lo que me dio mucha tranquilidad. Después se ocuparon de todo: la entrega, el montaje y la instalación de cada elemento según el proyecto. Cuando llegó el día de la entrega final, mi casa ya contaba con todos los accesorios necesarios para el uso cotidiano. Literalmente, me entregaron la casa lista para vivir. Entré con una maleta y sentí que todo encajaba.
A partir de ahí, mi vida empezó a cambiar de verdad. Vivir en Alicante es aprender a disfrutar del tiempo de otra manera. Cuando hace buen tiempo, que es la mayoría del año, salgo a caminar cerca del mar, me siento en una terraza con un café o simplemente me pierdo por las calles del centro. El sol me da energía y el clima ayuda a que mi enfermedad esté mucho más controlada.
En mi tiempo libre voy a la playa, aunque no siempre para bañarme. A veces solo paseo por la orilla o me siento a leer escuchando las olas. Otras veces aprovecho para hacer algo de deporte suave o quedar con amigos. La gastronomía también forma parte de esta nueva vida: arroz a banda, del señoret, pescado fresco, verduras de la huerta… comer bien aquí es casi inevitable.
Me gusta ir por los mercados locales, charlar con los vendedores y descubrir productos nuevos. También he encontrado pequeños bares donde ya me conocen y donde siempre hay una conversación agradable. Alicante tiene ese equilibrio perfecto entre ciudad viva y calma mediterránea.
Mis amigos no tardaron en venir a visitarme, la verdad es que saben lo que es bueno. Al principio venían por curiosidad, luego por gusto. Les encanta quedarse unos días, disfrutar del clima, de la casa y del ambiente relajado. Siempre les digo que aquí la vida se vive un poco más despacio, pero mejor. Algunos incluso bromean con seguir mis pasos. Veremos.