La Okupación: uno de los problemas que más nos siguen preocupando.

La Okupación: uno de los problemas que más nos siguen preocupando.

Hoy en día, y aunque es un fenómeno que surgió de manera exponencial a causa de la crisis económica, la okupación sigue siendo uno de los problemas con los que nos seguimos encontrando en cualquier barrio de cualquier ciudad de España. Tan solo en Madrid se calcula que hay cerca de 5,000 viviendas ocupadas, llegando a decenas de miles las propiedades que lo han sido a lo largo de todo el país.

Y es que lo que en un principio parecía un hecho de justicia social, se ha convertido en un negocio gestionado por verdaderas mafias, que atemorizan, no solo a los propietarios si no también a los vecinos que se ven obligados a convivir con situaciones incívicas, cuando no, peligrosas, o a abandonar sus viviendas.

El principio

La usurpación, que es el nombre técnico que recibe este delito en el Código Penal, y que lo define como la “utilización de inmuebles ajenos sin autorización o de forma violenta”, no nos parecía que encajara con lo que en un principio ocurrió, desgraciadamente, en muchas viviendas de este país debido a la crisis económica: familias que se veían “obligadas” a encerrarse en sus casas, que habían sido embargadas por los bancos, fruto de la falta de empleo, destruido en la mayoría por la mala situación económica, y de la subida de las hipotecas, que llegaron a doblar su cuota en escasos meses.

En esos momentos la sociedad estaba del lado de esas personas que lo que hacían era defender su derecho constitucional a tener una vivienda digna. No era un problema para los propietarios particulares, ya que en su mayoría los pisos pertenecían a los bancos y no a particulares. Estos “okupas por necesidad” lo único que querían era seguir con su vida normal, y vivían todo este problema con angustia y cierta vergüenza.

¿Qué lo ha convertido en el problema que es hoy?

Desde el estallido de la burbuja inmobiliaria, la okupación de viviendas es el delito que más ha crecido hasta la actualidad. La precaria situación de muchas familias y la cantidad de pisos vacíos fue el caldo de cultivo del que muchas “organizaciones” quisieron sacar tajada. Y digo organizaciones porque están perfectamente preparados, tienen su jerarquía interna y han hecho de este fenómeno, su negocio. Un negocio muy lucrativo.

El problema entonces, ya no es tener un techo, sino que hay quienes han hecho de la okupación, su forma de vida. Ya no solo se trata de cubrir una necesidad, porque ahora mismo los casos de personas que no pagan porque no tienen dinero es muy minoritario. Ahora podemos ver okupas en urbanizaciones de lujo, que lo único que hacen es aprovecharse de todo cuanto pueden hasta que deciden marcharse a la siguiente, o bloques enteros que se van vaciando de los vecinos de toda la vida que no pueden convivir con semejante situación.

Los nuevos vecinos

Que en el bloque de viviendas en el que tienes tu piso, hipotecado y que sigues pagando con tu esfuerzo, quede un piso vacío puede ser el principio de una pesadilla. La mafia, que está al tanto de lo que sucede en la zona, encuentra en tiempo récord el piso vacío y lo ofrece por el precio que considere oportuno a los primeros okupas. Y así con cada vivienda que esté en el mismo estado.

El vecino que puede se va y así van ganando terreno. Lógico, porque ya no es que no paguen una mensualidad de alquiler, si no que tampoco se abonan las cuotas de la comunidad, se enganchan a la luz de manera ilegal, con el peligro que suponen ese tipo de enganches caseros, y no se hacen cargo de las reparaciones para la conservación que son necesarias en todas las viviendas. El inmueble acaba en la ruina.

Y el problema va creciendo porque no se trata de un par de viviendas, es que poco a poco se van haciendo con el barrio, ocupando también el espacio público: hay basura, música alta, menudeo de drogas, peleas…lo que hace imposible la convivencia.

Sin olvidarnos del legítimo propietario, que se ve sin casa, o sin su segunda residencia, en el “mejor” de los casos,  y de la que tiene que seguir haciendo frente a cuotas, comunidad de vecinos, impuestos,  gastos de abogados y en un futuro todas las reparaciones que necesite su vivienda, que suelen quedar en ruinas.

Que dice la Ley

Fue el año pasado cuando se aprobó una nueva ley de desahucio exprés (Ley 5/2018, de 11 de junio, de modificación de Ley 1/2000, de 7 de enero, de Enjuiciamiento Civil) que está dejando ver mejoras, respecto a un problema que, hasta entonces podía convertirse en una pesadilla de dos años para el propietario de la casa.

El principal beneficio que aporta esta nueva ley es que el propietario puede acudir a un juicio civil de desahucio en menos tiempo y por menos dinero. El plazo aproximado que se establece, a partir de la presentación de la demanda, es de 30 días para recuperar la vivienda, dependiendo siempre de la carga de trabajo que tenga el juzgado correspondiente. En el peor de los casos, este plazo aumenta de 3 a 5 meses.

Además, desde su entrada en vigor, todo okupa que no acredite en un plazo de cinco días un título jurídico de la vivienda (escritura de compra o contrato de alquiler), se enfrenta a un auto judicial irrecurrible, con hora y fecha concreta, que autoriza el desahucio. Los okupas suelen presentar títulos falsos y sin valor jurídico que los habilitan para permanecer en la vivienda, pero que no tienen ningún valor legal y que no paralizan las actuaciones pertinentes.

Los aliados

Echando mano del refranero español “más vale prevenir que curar” y en momentos tan cruciales como es poner en alquiler una propiedad, o cuidar de nuestra vivienda independientemente del uso al que la destinemos, más.

Los propietarios cuentan con servicios de los llamados comúnmente seguros para el alquiler, en los que se nos ofrece la posibilidad de, en un principio, informarnos de si las personas que nos quieren alquilar la casa son solventes. Solo eso ya es un buen comienzo. Pero como no se puede prever el futuro, en caso de desahucio, nos respaldan con el pago de las mensualidades que queden pendientes de pago, mientras dure el proceso. Incluso, dependiendo de la cobertura, hacerse cargo de los desperfectos causados en la vivienda una vez la recuperemos. Como en todo, no podemos elegir sin comparar, y tenemos que tener claro que no es la panacea: hay que leer la letra pequeña y hemos de pensar qué coberturas son las que más necesitamos en nuestro caso particular.

Por otro lado, han surgido muchos mecanismos capaces de dotar a nuestras viviendas de la protección necesaria para estos menesteres. Si tenemos en cuenta la opinión de los profesionales del sector, vemos que coinciden, tal y como nos explican desde Segurmail, en que para protegernos de la ocupación, éstas son algunas de las recomendaciones que deberíamos seguir :

  1. Instalar una alarma antiokupas, que detecte la intrusión y actúe como método disuasorio, incluso que interrumpa el momento de entrada a la vivienda.
  2. Completar el sistema de alarma con cámaras de videovigilancia.
  3. Instalar medidas de resistencia física, no solo en puertas, reforzando su cierre y estructura, sino también en ventanas.

Estas son algunas de las medidas que podemos tomar para protegernos de la ocupación. Todo esto sin perder de vista la presión que debemos ejercer sobre nuestros gobernantes en un tema como éste, que nos preocupa. Tampoco les pedimos que inventen nada nuevo, solo que desvíen la mirada hacia Europa y sean capaces de aplicar lo que llevan tiempo haciendo nuestros vecinos europeos. Que sin duda, les funciona.

Las leyes de Francia, Alemania, Holanda, Inglaterra, Italia, Dinamarca o Suecia, aunque con matices, tienen un punto en común y es la rapidez con que se desalojan las viviendas ocupadas. En la mayoría de estos países, en principio, solo es necesaria la  presentación de la denuncia.  Acto seguido, hay una comprobación por parte de la policía de quién es el legítimo propietario, procediendo al desalojo en los casos en que quede demostrada la usurpación. Es cierto que no en todos se actúa de manera inmediata, pero comparar el plazo de 48 horas, en los casos en lo que más se dilata la intervención, con el mínimo de 30 días que nos deja nuestra nueva ley (y dando gracias), nos hace sentir cierta envidia, y no sana, precisamente.

Si somos europeos queremos serlo con todas las consecuencias, pero mientras nuestro país no se ponga las pilas a nivel legislativo, equipararnos a nuestros vecinos se ve muy, muy a lo lejos en el horizonte. Mientras tanto, no nos quedará otra que actuar por nuestra cuenta siendo previsores y precavidos. ¿Compensa? Eso ya es algo que hay que valorar en la intimidad de cada uno. Pero es eso, intimidad y tranquilidad lo que queremos encontrar al volver a casa, y poder decir como Dorothy, en El Mago de Oz: “Se está mejor en casa que en ningún sitio”.

 

 

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